Teóricamente, los primeros juegos olímpicos datan del año 776 a.C. y se desarrollaron en la ciudad griega de Olimpia. Dicha celebración representaba una manifestación religiosa de respeto hacia los dioses, cuyo fin era el desarrollo armónico del cuerpo y de la mente. Los juegos eran en sí una celebración de la amistad entre culturas helénicas.
Sin embargo, no había nada que los griegos odiasen más que a sus propios compatriotas, durante los juegos, la vida pública se paralizaba y toda actividad oficial quedaba suspendida durante el transcurso de las fiestas.
Los juegos ejercían una gran influencia en las relaciones de los estados, se acudía a ellos desde todos los puntos y se establecían treguas de carácter sagrado, que impedía cualquier tipo de guerra.
Actualmente, el espíritu olímpico ha quedado desvirtuado. Empezando por los conflictos internos en los diferentes estados africanos hasta las maniobras putinianas en tierras georgianas, sin olvidar mencionar a china, el país anfitrión. El crudo, el gas y los nacionalismos desbancan a los principios olímpicos, ensombrecen los valores históricos de las olimpiadas y provocan el pánico a poblaciones que enmudecen bajo las cinco anillas, pues época de celebraciones y nadie quiere que le amarguen la fiesta.
Si el COI defendiese verdaderamente los valores olímpicos, debería haber suspendido los juegos o, en todo caso, expulsar a los países involucrados en conflictos armados. Pero en el siglo XXI, los dioses a los que se honra son otros, sus nombres son Dollar y Euro, y no parece haber nada más importante que tener a los dioses a su favor. Ni siquiera la vida puede acercarse al amor que desatan los dioses de hoy en día. Desvirtuados de tal forma, los juegos olímpicos deberían cambiar de nombre, pues deshonran los principales valores con los que nacieron.
Sigan matándose por un puñado de dollares, hace tiempo que el mundo está de vuelta de todo.



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